Muchos niños y niñas practican deporte desde edades tempranas. A veces porque les gusta, otras porque “les viene bien” moverse, aprender disciplina o hacer amigos. Pero el deporte puede ofrecer mucho más que eso: una oportunidad de crecer por dentro. 

En consulta, vemos cómo la presión por destacar o ganar empieza muy pronto. Incluso en deportes recreativos, hay familias que pueden empezar a preocuparse porque su hijo/a “no compite bien” o “no rinde lo suficiente”. Pero, ¿y si miramos un poco más allá del resultado?

Desde una mirada emocional y sistémica, el rendimiento no es solo individual. Lo que ocurre en el campo también habla de cómo el niño/a se siente acompañado, de qué espera su entorno de él o ella, de cómo gestiona la frustración, y de cómo se vive el error o la pérdida, el acierto o la victoria dentro de su grupo y sistema familiar. 

Y no solo importa lo que pase en el partido o competición final. Lo verdaderamente valioso está, muchas veces, en los entrenamientos. Porque ahí se puede fallar y volver a intentar, se prueban cosas nuevas, se escucha, se comparte, se convive. Los entrenamientos son un espacio seguro donde se va construyendo, poco a poco, lo que luego se expresa en la competición. Y también ahí, el acompañamiento emocional marca la diferencia. 

Cuando se pierde una competición, no se está fallando. Se está viviendo una experiencia llena de emociones, de vínculos, de desafíos. Y si ese momento está bien sostenido – por entrenadores/as que priorizan el proceso y por familias que acompañan sin exigir -, puede transformarse en un aprendizaje muy valioso. 

El deporte, entonces, se convierte en un espejo. Refleja cómo nos relacionamos con el éxito, con el esfuerzo, con el fallo. Y puede ser una vía para hablar de muchas cosas que, fuera del campo, cuesta nombrar: el miedo a decepcionar, la búsqueda de aprobación, el valor de perseverar… También aparecen, aunque no siempre se diga, la sensación de no estar a la altura, la comparación con los demás o la presión por hacerlo “bien”. 

 

Son vivencias que los niños/as llevan consigo, tanto en el deporte como en casa, en la escuela o con sus vínculos. Y cuando encuentran espacios donde eso se puede nombrar, empiezan a entenderlo, a expresarlo y a sentirse sostenidos. Porque en ese “ensayo de la vida” que es el deporte, no solo aprenden a jugar: aprenden a poder equivocarse, frustrarse o perder… sin dejar de estar acompañados/as. 

 

Garazi Chalaux 

Psicóloga sanitaria. Terapeuta Infanto-Juvenil.



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